Josué, 24
Renovación de la alianza (Éx 19; 24; Dt 29s)
24 1Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los jefes de familia, a los jueces y escribas, y se presentaron ante el Señor. 2Josué habló al pueblo:
–Así dice el Señor, Dios de Israel: Al otro lado del río Éufrates vivieron antiguamente sus padres, Téraj, padre de Abrahán y de Najor, sirviendo a otros dioses. 3Pero yo tomé a Abrahán, su padre, del otro lado del río, lo conduje por todo el país de Canaán y multipliqué su descendencia dándole a Isaac. 4A Isaac le di Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto.
5Envié a Moisés y a Aarón para castigar a Egipto con los portentos que hice, y después los saqué de allí. 6Saqué de Egipto a sus padres, y llegaron al mar. Los egipcios persiguieron a sus padres con caballería y carros hasta el Mar Rojo; 7pero gritaron al Señor, y él puso una nube oscura entre ustedes y los egipcios; después desplomó sobre ellos el mar, cubriéndolos. Sus ojos vieron lo que hice en Egipto. Después vivieron en el desierto muchos años. 8Los llevé al país de los amorreos, que vivían en Transjordania; los atacaron y se los entregué; ustedes se apoderaron de sus territorios; y yo se los quité de delante.
9Entonces Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, atacó a Israel; mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que los maldijera; 10pero yo no quise oír a Balaán, que no tuvo más remedio que bendecirlos, y los libré de sus manos.
11Pasaron el Jordán y llegaron a Jericó. Los jefes de Jericó los atacaron: los amorreos, fereceos, cananeos, hititas, guirgaseos, heveos y jebuseos, pero yo se los entregué; 12sembré el pánico ante ustedes, y expulsaron a los dos reyes amorreos no con tu espada ni con tu arco; 13y les di una tierra por la que no habían sudado, ciudades que no habían construido y en las que ahora viven; viñedos y olivares que no habían plantado y de los que ahora comen.
14Por lo tanto, teman al Señor y sírvanlo con toda sinceridad; dejen de lado a los dioses que sirvieron sus padres al otro lado del río y en Egipto, y sirvan al Señor. 15Y si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir: a los dioses que sirvieron sus padres al otro lado del río o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitan, que yo y mi familia serviremos al Señor.
16El pueblo respondió:
–¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! 17Porque el Señor, nuestro Dios, es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto, quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios, nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos que atravesamos. 18El Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. Por eso también nosotros serviremos al Señor: ¡él es nuestro Dios!
19Josué dijo al pueblo:
–No podrán servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará sus delitos ni sus pecados. 20Si abandonan al Señor y sirven a dioses extranjeros, se volverá contra ustedes, y después de haberlos tratado bien, los maltratará y aniquilará.
21El pueblo respondió:
–¡No! Serviremos al Señor.
22Josué insistió:
–Son testigos contra ustedes mismos de que han elegido servir al Señor.
Respondieron:
–¡Somos testigos!
23–Entonces dejen de lado los dioses extranjeros que conservan y pónganse de parte del Señor, Dios de Israel.
24El pueblo respondió:
–Nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios, y le obedeceremos.
25Aquel día Josué selló una alianza con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén. 26Escribió las cláusulas en el libro de la ley de Dios, agarró una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina del santuario del Señor, 27y dijo a todo el pueblo:
–Miren esta piedra, que será testigo contra nosotros, porque ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho. Será testigo contra ustedes para que no renieguen de su Dios.
28Luego despidió al pueblo, cada cual a su herencia.
Muerte de Josué
29Algún tiempo después murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años. 30Lo enterraron en el territorio de su herencia, en Timná Séraj, en la serranía de Efraín, al norte del monte Gaas.
31Israel sirvió al Señor mientras vivió Josué y durante toda la vida de los ancianos que le sobrevivieron y que habían visto las hazañas del Señor en favor de Israel.
32Los huesos de José, traídos por los israelitas de Egipto, los enterraron en Siquén, en el campo que había comprado Jacob a los hijos de Jamor, padre de Siquén, por cien pesos, y que pertenecía a los hijos de José.
33También murió Eleazar, hijo de Aarón. Lo enterraron en Guibeá, población de su hijo Fineés, que la había recibido en propiedad en la serranía de Efraín.
Notas:
24,1-33 Renovación de la alianza – Muerte de Josué. La gran jornada de Siquén, a la que se refiere el capítulo 24, no solamente constituye el acontecimiento más importante de todo el libro, sino que señala una de las fechas señeras de toda la historia bíblica, el nacimiento de Israel como pueblo. La asamblea de Siquén, presidida por Josué, tiene por objeto la conclusión de un pacto entre las tribus de Israel y el Señor. Entre las muchas aportaciones que han hecho los descubrimientos arqueológicos del siglo pasado para el mejor conocimiento de la Biblia, uno de ellos se refiere al tema del pacto o alianza. La luz en este caso viene de una colección de pactos encontrados en Hatusa, la capital del antiguo imperio hitita. Se distinguen dos clases de pactos: los pactos bilaterales de igual a igual, que eran los que hacía un emperador hitita con las grandes potencias del Medio Oriente; y los llamados pactos de vasallaje, que tenían lugar entre el soberano de Hatusa y la red de pequeños reyezuelos que poblaban la región. El pacto o alianza entre el Señor –soberano– y el pueblo de Israel –vasallo– parece estar calcado en buena parte sobre el esquema o formulario de tales pactos de vasallaje. En casi todos los pactos bíblicos podemos descubrir algunos elementos del formulario hitita; los elementos en el pacto de Siquén son los siguientes: el preámbulo (2a); el prólogo histórico (2b-13); la cláusula capital, en virtud de la cual las tribus se comprometían a servir exclusivamente al Señor (14-21); las cláusulas del pacto (25s); finalmente, se alude a los testigos (22.26s). Da la impresión de que en la asamblea de Siquén hay dos clases de tribus: las representadas por Josué, que profesan su fe en el Señor, y otras tribus, que siguen dando culto a otros dioses. La jornada de Siquén habría tenido, por tanto, como resultado que todas las tribus se comprometieron a no reconocer más dios que al Señor y este reconocimiento fue refrendado con un pacto. La alianza actúa en una doble dirección: vertical, en cuanto todos los clanes y tribus se comprometen a servir en exclusiva a Yahvé; horizontal, por cuanto la fe común crea automáticamente entre las tribus conciencia de solidaridad y de pueblo. Llama la atención la insistencia con que se repite la palabra «servir», catorce veces en total, de las cuales siete se encuentran en los dos primeros versículos (14s). «Servir» en sentido bíblico implica: fidelidad a la fe, servicio cultual y respuesta positiva a las exigencias de los mandamientos.
