2 Samuel, 5

Asesinato de Isbaal

4 1Cuando Isbaal, hijo de Saúl, oyó que Abner había muerto en Hebrón, se acobardó, y todo Israel se alarmó. 2Isbaal, hijo de Saúl, tenía dos jefes de guerrillas: uno se llamaba Baaná y el otro Recab, hijos de Rimón, el de Beerot, benjaminitas –porque también Beerot se consideraba perteneciente a Benjamín; 3los de Beerot huyeron a Guittaym y allí siguen todavía residiendo como emigrantes–. 4Por otra parte, Jonatán, hijo de Saúl, tenía un hijo tullido de ambos pies: tenía cinco años cuando llegó de Yezrael la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán; la niñera lo tomó consigo y huyó; pero lo hizo con tanta precipitación, que el niño se cayó y quedó cojo; se llamaba Meribaal.

5Baaná y Recab, hijos de Rimón, el de Beerot, se pusieron en camino, y cuando calentaba el sol llegaron a casa de Isbaal, que estaba durmiendo la siesta. 6La portera se había quedado dormida mientras limpiaba el trigo. Recab y su hermano Baaná entraron libremente en la casa, 7llegaron a la alcoba donde estaba echado Isbaal y lo hirieron de muerte; luego le cortaron la cabeza, la recogieron y caminaron toda la noche a través de la estepa. 8Llevaron la cabeza de Isbaal a David, a Hebrón, y dijeron al rey:

–Aquí está la cabeza de Isbaal, hijo de Saúl, tu enemigo, que intentó matarte. El Señor ha vengado hoy al rey, mi señor, de Saúl y su estirpe.

9Pero David dijo a Recab y Baaná, hijos de Rimón, el de Beerot:

–¡Por la vida del Señor, que me ha salvado la vida de todo peligro! 10Si al que me anunció ha muerto Saúl, creyendo darme una buena noticia, lo agarré y lo ajusticié en Sicelag, pagándole así la buena noticia, 11con mucha mayor razón, ahora que unos malvados han asesinado a un inocente en su casa, en su cama, ¿no tendré que pedirles cuenta de su sangre y borrarlos de la tierra?

12David dio una orden a sus oficiales, y los mataron. Luego les cortaron manos y pies y los colgaron junto a la cisterna de Hebrón; en cuanto a la cabeza de Isbaal la enterraron en la sepultura de Abner, en Hebrón.

Notas:

5,1-5 David rey de Israel. Eliminados Abner e Isbaal, David atrae todas las esperanzas. La oposición de Israel a Judá queda relegada por un sentimiento más fuerte de hermandad. Lo que Abimelec decía a los de Siquén para apoyar su candidatura real (Jue 9) lo confiesan las tribus a David. El pacto entre rey y pueblo tiene algo de constitución: implica un juramento de lealtad mutua y contiene normalmente una serie de cláusulas. Los ancianos, como responsables de todo el pueblo, hacen de intermediarios en la unción. 5,6-16 Conquista de Jerusalén. La conquista de Jerusalén y su establecimiento como capital del reino sucedió ciertamente después de la victoria definitiva sobre los filisteos; probablemente después de otras campañas exteriores. El autor tiene mucho interés teológico en juntar la elección de David rey y la de Jerusalén capital. En adelante van a formar una fuerte unidad, como una nueva elección del Señor y arranque de una nueva etapa histórica. En este sentido es justo poner los dos hechos juntos al inicio de la narración. La intención teológica impera sobre la cronología. Saúl se había quedado en su aldea, como los jueces tribales, para gobernar desde allí. David ha residido en Hebrón, sitio excelente para un rey de Judá, ciudad bastante céntrica y aureolada con el recuerdo de Abrahán. Pero para unificar y gobernar a todo Israel, Hebrón no basta: está demasiado ligada a una tribu y hacia el sur. David decide estrenar capital: una ciudad sin vínculo tribal, bien situada y de gran valor estratégico. Es la antigua Jerusalén, ciudad hasta ahora inexpugnable para los israelitas, enclave cananeo en la montaña central, que ha dividido las tribus. Jerusalén es un símbolo de la persistencia y resistencia cananea no dominada. La decisión de David es un acto de audacia y de clarividencia. De audacia, porque es dificilísimo conquistarla, y un ataque fracasado podría desprestigiar al nuevo rey. Clarividencia, como muestra la historia sucesiva hasta hoy: Jerusalén adquiere para Israel, y más tarde para los judíos, un valor espiritual que supera ampliamente su valor geográfico, estratégico, y urbanístico. Jerusalén será el segundo polo de la escatología. Pero más inexpugnable que la ciudad parece el texto bíblico, que muchas generaciones de exegetas y arqueólogos no han logrado descifrar. Aun reuniendo los datos de Samuel con los de Crónicas, no llegamos a una explicación satisfactoria. Una de las hipótesis más atractivas ve las cosas así: David pone asedio a la ciudad, los defensores se burlan de los atacantes, ciegos y cojos bastan para rechazarlos –tan segura es la fortaleza–; David, quizás después de ataques infructuosos y de largo asedio, promete algún privilegio a quien penetre en la ciudad; entonces algunos soldados logran colarse y subir por el túnel de acceso al manantial, y desde dentro facilitan la entrada de los demás. Se trata de una hipótesis acerca del modo; la sustancia es que David, con esta conquista, se suma a los héroes de la conquista bajo Josué, somete el baluarte simbólico de los cananeos, dispone de una capital. Meditando sobre los hechos, derrota de filisteos y cananeos y fundación de la nueva capital y apertura comercial internacional, David llega a comprender su destino religioso: es un rey por la gracia de Dios al servicio del pueblo. Elección, no como privilegio, sino como función. Dado que el pueblo es del Señor, David es un vasallo y mediador al servicio de ese pueblo. Su especie de vasallaje en Gat y el probable vasallaje en Hebrón son pura sombra de la nueva situación histórica. Los versículos 13-16 anticipan el origen del heredero: será uno de los hijos nacidos en Jerusalén, no de los de Hebrón. 5,17-25 Batallas con los filisteos. Cronológicamente ésta es la primera tarea de David en cuanto rey de la monarquía unificada. El autor resume en brevísimo espacio sucesos que debieron de durar varios años; se fija en un par de batallas. A esta época pertenecen algunos datos que se leen en el apéndice (capítulos 21–24). David presenta batalla en la zona montañosa, donde los filisteos se desenvuelven con menos medios y mayor dificultad. Valle de Refaím o Valle de los Gigantes –para el pueblo Valle de las Ánimas– está situado junto a Jerusalén, donde los filisteos se encuentran protegidos por el enclave jebuseo de Jerusalén, mientras David, evitando las ciudades, se refugia en el paraje que tan bien conoce de Adulán (1 Sm 22,1.4; 24,23). Desde allí iría agrupando tropas y despachando pequeñas incursiones contra los filisteos. Del capítulo 23 se desprende que éstos están instalados también en Belén. Los filisteos acampan en terreno ventajoso, llano, en el valle que arranca al sudoeste de Jerusalén y se alarga hacia el oeste. David parte de Adulán, rodea por occidente, sube a Perasim, y desde el norte ataca y pone en fuga al enemigo. Los ídolos se llevan al campo de batalla como protección. Israel paga ahora a los filisteos la captura del Arca (1 Sm 4). Son el trofeo más valioso. Los filisteos insisten en el mismo sitio que consideran ventajoso (22-25); el oráculo del Señor ofrece esta vez un signo no tan fácil de entender: se trataría del rumor del viento en las copas de las moreras. Otros interpretan el nombre como toponímico, en las alturas de Becaim.