Salmo -24

24–Himno de entrada en el Templo (15; Is 33,14-16)

1Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el mundo y todos sus habitantes,
2porque él la fundó sobre los mares,
él la asentó sobre los ríos.

3–¿Quién puede subir al monte del Señor?,
¿quién puede estar en el recinto sagrado?
4–El de manos inocentes y corazón puro,
que no suspira por los ídolos ni jura en falso.
5Ése recibirá del Señor la bendición
y el favor de Dios su Salvador.

6–Ésta es la generación que busca al Señor;
que viene a visitarte, Dios de Jacob.

7–¡Portones, alcen los dinteles!
levántense, puertas eternales,
y que entre el Rey de la Gloria.

8–¿Quién es ese Rey de la Gloria?
–El Señor, héroe valeroso,
el Señor, héroe de la guerra.

9–¡Portones, alcen los dinteles!
levántense puertas eternales,
y que entre el Rey de la Gloria.

10–¿Quién es el Rey de la Gloria?
–El Señor Todopoderoso,
él es el Rey de la Gloria.

Notas:

Suele decirse que este salmo, como el Sal 15, es una liturgia de entrada en el Templo. Un grupo pregunta por las condiciones que ha de reunir quien pretende entrar en la casa de Dios (3). Alguien autorizado le responde (4). Nunca sabremos con qué motivo sucedía esto. Lo que es cierto es que dos planos se yuxtaponen y entrecruzan. El breve himno al Creador, que da solidez y consistencia a la creación (1b-2) cede el paso al Templo (3): de la escena universal se salta a la concentración muy particular del Templo. A este lugar santo acuden simultáneamente los fieles y el Señor (3-6). Existen correspondencias y también divergencias entre ambas escenas. La gran correspondencia es ésta: tierra/habitantes y Templo/visitantes. Las divergencias son manifiestas en las preguntas que valen para los visitantes y en los imperativos que sólo son válidos para el Señor. Los visitantes han de cumplir determinadas condiciones; el Señor, ninguna. Los fieles son identificados con los que buscan a Dios (6). Para el Señor, el Rey de la Gloria, es suficiente con su Nombre propio y con su título. 1 Cor 10,26 cita el versículo 1 para justificar la libertad cristiana. El «héroe valeroso» del versículo 8 remite a Lc 11,21. El corazón puro (4) es motivo de bienaventuranza en Mt 5,8. El espíritu religioso necesita experimentar la total alteridad divina. Así se situará adecuadamente ante el Dios creador, santo y excelso.