Salmo -23
23–El Señor es mi pastor (Ez 34; Jn 10)
1El Señor es mi pastor, nada me falta.
2En verdes praderas me hace reposar,
me conduce a fuentes tranquilas
3y recrea mis fuerzas.
Me guía por el sendero adecuado
haciendo gala su oficio.
4Aunque camine por lúgubres cañadas,
ningún mal temeré, porque tú vas conmigo;
tu vara y tu bastón me defienden.
5Preparas ante mí una mesa
en presencia de mis enemigos;
me unges con perfume la cabeza,
y mi copa rebosa.
6¡La bondad y el amor me escoltan
todos los días de mi vida!
Y habitaré en la casa del Señor
a lo largo de mis días.
Notas:
Los símbolos elementales, las imágenes del pastor (1-4) y del anfitrión (5s), pueden haberse inspirado en la vida de un pueblo nómada o, acaso mejor, en la experiencia histórica de Israel liberado de Egipto y/o que retorna de Babilonia. En ambos casos Dios actuó como pastor, conocedor de su oficio. Abre camino al frente del rebaño. Cuando la arena borra las rutas del desierto, y sobre el rebaño planean males mortales, el pastor se pone al lado de cada oveja: «Tú vas conmigo» (4b). El cambio a la segunda persona facilita el tránsito a la imagen del anfitrión, en gran medida paralela a la anterior: pasto y mesa, lúgubres cañadas y enemigos, nada me falta y la copa que rebosa, vara/callado y Bondad/Lealtad –dos personificaciones divinas–, defensa y escolta, reposo y habitación. Dios es pastor y hospedero. Las dos imágenes están unidas en la tradición del éxodo (Sal 78,19s) y del retorno de Babilonia (Sal 77,21; Is 40,11). Alternado el camino con el reposo, se llega, al fin, a la tierra o a la casa del Señor, en la que el peregrino vivirá para siempre. El símbolo del pastor está muy presente en el Nuevo Testamento (cfr. Jn 10,1-18; 1 Pe 2,25; 5,2-4). Estaremos de camino hasta que lleguemos a la Tierra. Este salmo, mientras vamos de camino, nos infundirá luz y consuelo.
