Salmo -22
22–¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Is 53)
2¡Dios mío, Dios mío!,
¿por qué me has abandonado?,
¿por qué estás ajeno a mi grito,
al rugido de mis palabras?
3Dios mío, te llamo de día y no respondes,
de noche y no hallo descanso;
4aunque tú habitas en el santuario,
gloria de Israel.
5En ti confiaban nuestros padres,
confiaban y los ponías a salvo;
6a ti clamaban y quedaban libres,
en ti confiaban y no los defraudaste.
7Pero yo soy un gusano, no un hombre:
vergüenza de la humanidad, asco del pueblo;
8al verme se burlan de mí,
hacen muecas, menean la cabeza:
9Acudió al Señor, que lo ponga a salvo,
que lo libre si tanto lo ama.
10Fuiste tú quien me sacó del vientre,
me confiaste a los pechos de mi madre;
11desde el seno me encomendaron a ti
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
12No te quedes lejos,
que el peligro se acerca y nadie me socorre.
13Me acorrala un tropel de novillos,
toros de Basán me cercan;
14abren contra mí sus fauces:
leones que descuartizan y rugen.
15Me derramo como agua,
se me descoyuntan los huesos;
mi corazón, como cera,
se derrite en mi interior;
16mi garganta está seca como una teja,
la lengua pegada al paladar.
¡Me hundes en el polvo de la muerte!
17Unos perros me acorralan,
me cerca una banda de malvados.
Me inmovilizan las manos y los pies,
18puedo contar todos mis huesos.
Ellos me miran triunfantes:
19se reparten mis vestidos, se sortean mi túnica.
20Pero tú, Señor, no te quedes lejos,
Fuerza mía, ven pronto a socorrerme;
21libra mi vida de la espada,
mi única vida, de las garras del mastín;
22sálvame de las fauces del león,
defiéndeme de los cuernos del búfalo.
23Contaré tu fama a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
24Fieles del Señor, alábenlo,
descendientes de Jacob, glorifíquenlo,
témanlo, descendientes de Israel,
25porque no ha desdeñado ni despreciado
la desgracia del desgraciado,
no le ha escondido su rostro;
cuando pidió auxilio, lo escuchó.
26Te alabaré sin cesar en la gran asamblea:
cumpliré mis votos ante los fieles.
27Comerán los pobres hasta saciarse
y alabarán al Señor los que lo buscan:
¡No pierdan nunca el ánimo!
28Lo recordarán y se volverán al Señor
todos los confines de la tierra,
se postrarán en su presencia
todas las familias de los pueblos;
29porque el Señor es Rey,
él gobierna a los pueblos.
30Ante él se postrarán
los que duermen en la tierra,
en su presencia se encorvarán
los que bajan al polvo.
Mi vida la conservará.
31Mi descendencia le servirá,
hablará de mi Dueño a la generación venidera
32contará su justicia al pueblo por nacer:
Así actuó el Señor.
Notas:
Lamentación individual, estructurada en tres partes: 1. Lamentación (2-22). 2. Agradecimiento (23-27). 3. Himno al Señor, rey universal (28-32). La lamentación se articula así: A. Dramática apertura (2-4). B. Primer movimiento: lejanía y cercanía (5-12). B’. Segundo movimiento: Desmoronamiento físico (13-19). A’. Final dramático (20-22). Es el poema de un mortal convertido súbitamente en moribundo. La muerte está cerca; Dios, pese a haber sido cercano al pueblo (5s) o al suplicante (11s), se mantiene lejano (12) y silencioso (2). El salmista gusta ya el polvo de la muerte (16). Los presentes lo dan por muerto al repartirse las pertenencias del moribundo (19). La segunda parte del salmo tiene otra musicalidad muy distinta. La intervención divina da paso al reconocimiento y a la alabanza, a la postración de todos ante el Rey, Dios y Señor (23-32). El paso de la muerte a la vida nos permite decir que este salmo es «cristiano»; es citado abundantemente en el Nuevo Testamento (cfr. versículo 2 en Mt 27,46; versículo 8 en Mt 27,39; versículo 9 en Mt 27,43; versículo 16ab en Mt 27,34.48; versículo 17c en Mt 27,35; versículo 19 en Mt 27,35; versículo 25c en Mt 27,50). Con este salmo podemos gritar nuestro miedo a la muerte, sabiendo –ahora sí– que «Así actuó el Señor» (32). Tras nuestra confesión, y llenos de luz, entonaremos la alabanza luminosa del «Aleluya» eterno.
