Éxodo, 24

Rito de la Alianza (19; Dt 29; Jos 24)

24 1El Señor dijo a Moisés:

–Sube a mí con Aarón, Nadab y Abihú y los setenta dirigentes de Israel y arrodíllense allí a distancia. 2Después se acercará Moisés solo, no ellos, y el pueblo que no suba.

3Moisés bajó y refirió al pueblo todo lo que le había dicho el Señor, todos sus mandatos, y el pueblo contestó a una:

–Haremos todo lo que dice el Señor.

4Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor; madrugó y levantó un altar en la falda del monte y doce piedras conmemorativas por las doce tribus de Israel. 5Mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer los holocaustos y ofrecer novillos como sacrificios de comunión para el Señor. 6Después tomó la mitad de la sangre y la echó en recipientes, y con la otra mitad roció el altar. 7Tomó el documento del pacto y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:

–Haremos todo lo que manda el Señor y obedeceremos.

8Moisés tomó el resto de la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo:

–Ésta es la sangre del pacto que el Señor hace con ustedes según lo establecido en estas cláusulas.

9Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta dirigentes de Israel, 10y vieron al Dios de Israel: bajo los pies tenía una especie de pavimento de zafiro, límpido como el mismo cielo. 11Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, que pudieron contemplar a Dios, y después comieron y bebieron.

12El Señor dijo a Moisés:

–Sube hacia mí, al monte, que allí estaré yo para darte las tablas de piedra con la ley y los mandatos que he escrito para instruirlos.

13Se levantó Moisés y subió con Josué, su ayudante, al monte de Dios; 14a los dirigentes les dijo:

–Quédense aquí hasta que yo vuelva. Aarón y Jur están con ustedes; el que tenga algún asunto, que se lo traiga a ellos.

15Cuando Moisés subió al monte, la nube lo cubría 16y la Gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube. 17La Gloria del Señor apareció a los israelitas como fuego voraz sobre la cumbre del monte. 18Moisés se adentró en la nube y subió al monte, y estuvo allí cuarenta días con sus noches.

 

El Santuario I

En los capítulos anteriores mucha reflexión posterior se incorporó a las viejas tradiciones narrativas. En los siguientes, tenemos una proyección ideal del culto israelita. No que los nómadas israelitas desconocieran el culto: un objeto cúltico portátil es históricamente probable; pero los capítulos que siguen nos ofrecen una organización calculada y prevista en los últimos detalles, una riqueza de materiales y una habilidad técnica imposibles entre los nómadas. No es un sueño fantástico sobre el futuro, sino la organización cúltica tardía transferida al desierto, al monte Sinaí, a la institución de Dios. ¿Por qué? El culto es un modo regular y sistemático de expresar y realizar la relación del hombre con Dios, y ha de ser legítimo, es decir, legalmente establecido, para que funcione, para que Dios lo acepte y el hombre entre en relación con Dios. El hombre no puede imponerlo, sólo Dios lo puede legitimar, es decir, instituir legítimamente, revelando al hombre «el modelo» en todos sus detalles. El hombre ejecuta las órdenes «ajustándose al modelo», y así sabe que Dios lo acepta.

El culto crea un universo sagrado, separado del contexto profano, y consagrado: una tienda aparte, luz distinta, vestidos especiales, personal escogido y consagrado, incienso y aceite de receta exclusiva, tiempos especiales… El hombre transita alternativamente entre los dos universos, el sagrado y el profano, según las reglas y con las cautelas necesarias.

Buena parte de estos capítulos se refieren al mundo material, espacio y utensilios sagrados; los ritos que se mencionan son ritos de consagración. El desarrollo concreto de la acción litúrgica está reunido en el Levítico. Todo este mundo, rígido y santo, tiene sentido como expresión de la actitud humana interna de adoración. Intentamos captar este sentido haciendo un esfuerzo de comprensión. Si a pesar del esfuerzo nos resulta remoto y extraño, es porque vivimos en la nueva era, porque nuestro culto a Dios ya no está ligado a esa rígida concepción sagrada.

Notas:

24,1-18 Rito de la Alianza. Como ya es común en tantos otros pasajes del Pentateuco, encontramos aquí una doble tradición en un solo relato: por un lado tenemos 1s.9-11, y por otro 3-8; ambas tradiciones cuentan a su modo los términos con los cuales se concluye la Alianza del Sinaí. Para la primera tradición, la Alianza culmina con una cena (9-11): El Señor recibe a los representantes de todo el pueblo y comparte con ellos una comida; se subraya mediante imágenes la absoluta trascendencia de Dios y al mismo tiempo se aclara que aunque los comensales han visto a Dios, Él no extendió su mano contra ellos (11). Los israelitas creían que quien viera el rostro de Dios moriría. La otra tradición (3-8) subraya el compromiso del pueblo, que expresamente dice: «haremos todo lo que manda el Señor y obedeceremos» (3b.7b). La lectura de los términos de la Alianza (7); la erección de un altar y doce piedras (4); el ofrecimiento de sacrificios de comunión (5) que equivale a decir que todo el pueblo participa del rito de la comida y, finalmente, el rito de aspersión con la sangre de los animales sacrificados (8), formaban parte del rito de cualquier alianza. Pero aquí no se trata de una alianza cualquiera, se trata de un pacto en el que el contrayente principal es Dios, lo cual le da un carácter de exclusividad a una figura tan común entre todos los pueblos del antiguo Cercano Oriente. Nunca se había visto que la divinidad desempeñara el papel de contrayente. A las divinidades se les invocaba y se les ponía de testigos, y se esperaba que de ellas provinieran las bendiciones por el cumplimiento o las maldiciones por el incumplimiento de las cláusulas. Aquí, Dios desempeña ambos papeles, es testigo y pactante, lo cual es garantía de que por su parte jamás habrá infidelidad alguna a su compromiso de ser el Dios del pueblo. Por su parte, tanto el rito de los sacrificios como la aspersión con la sangre sellan de manera definitiva el compromiso de unión entre sí y de adhesión total al Señor. La sangre era para los israelitas el símbolo de la vida, vida que ellos se comprometían a mantener y a defender una vez que eran rociados con ella.

Los versículos 12-18 nos van introduciendo en el relato del becerro de oro, pero al mismo tiempo la escuela sacerdotal los adaptó para preparar el ambiente de las prescripciones sobre la construcción del Santuario (25–31) y la subsiguiente ejecución de las órdenes divinas (35–40). Con todo, la intencionalidad de estos versículos es resaltar el gran valor teológico del Sinaí. A la corriente sacerdotal (P) no le interesa demasiado resaltar el valor del Sinaí como lugar de la Alianza, sino como lugar de la máxima manifestación de Dios y, por tanto, de sus exigencias más claras y fundamentales relativas a la santidad del pueblo, cuya vía más inmediata es el culto. De ahí la vinculación que hace esta corriente (P) entre el Santuario de Jerusalén, su sacerdocio y su sistema cultual sacrificial con el evento de la teofanía del Sinaí.