Josué, 13
REPARTO DE LA TIERRA: Introducción
Con el capítulo 13 comienza la segunda parte del libro, que trata del reparto de la tierra. Una primera lectura nos ofrece un catálogo de nombres geográficos, bastante indigesto, ni siquiera agraciado con un poco de disposición esquemática. ¿Qué hacer con estos capítulos? Podemos intentar descubrir primero los materiales empleados por el autor y examinar después la intención de su composición.
Materiales
- Al parecer, el autor usa una lista de fronteras y una lista de poblaciones. La primera intenta definir los límites de cada tribu; el trazado no es geométrico (como el de Ez 40s), hay repeticiones e incoherencias. Hace pensar en una lista antigua, cuando las tribus se habían consolidado en su diversidad dentro del territorio de Palestina y todavía no eran una monarquía unificada.
- La segunda es una lista de poblaciones. La lista es detallada y parece aspirar a ser completa en las tribus del sur, es fragmentaria en las tribus del norte, falla en las tribus del centro. La identificación de muchas ciudades es posible: muchas veces el nombre árabe conservaba levemente deformado el nombre original (en bastantes ocasiones el moderno Estado de Israel ha restablecido el nombre antiguo), otras veces ayuda la arqueología. Quedan casos dudosos o insolubles por ahora. En algunos casos en que una localidad tiene nombre comprensible lo hemos traducido o adaptado al castellano, para conservar con cierta probabilidad lo que decía a oídos hebreos.
- Introducen, cierran o interrumpen las listas algunos discursos del Señor o de Josué y algunas anécdotas. Los discursos del Señor son particularmente importantes para conocer el sentido del reparto.
- Los capítulos 20s ofrecen listas de ciudades de asilo y ciudades levíticas.
Teología
Podemos distinguir los elementos genéricos de la tierra y los elementos específicos del reparto.
- Los primeros se encuentran concentrados en los discursos del Señor. Respecto a los Patriarcas, la entrega de la tierra es el cumplimiento de una promesa jurada; la expresión más clara se encuentra en 21,43 (véanse también 1,6; 5,6). Respecto al desierto, la tierra prometida significa el descanso: 1,13.15; 21,44. Comparada con Egipto, donde los israelitas vivían de prestado, Palestina es tierra de propiedad: 18,3; 19,47.
- Lo específico de estos capítulos es el reparto. La tierra prometida es entregada como totalidad al pueblo entero; la propiedad colectiva es el dato primario. El pueblo entero tiene derecho a poseer la tierra entera y a vivir en ella.
- Se trata de una visión teológica, algo idealizada respecto a la realidad, pero más profunda que la simple experiencia de cultivar un campo. La concepción con su constelación de términos técnicos pasa a la literatura profética, en sentido propio y figurado, a las divisiones escatológicas, y se conserva con gran vitalidad en el Nuevo Testamento. De la traducción griega de «goral», «kleros» (suerte), procede nuestra palabra clero y sus derivados. Los extraños capítulos del libro de Josué suministran un fondo realista a un aspecto importante de la teología del Nuevo Testamento.
13 1Josué era viejo, de edad avanzada, y el Señor le dijo:
–Ya eres viejo, de edad avanzada, y queda aún mucha tierra por ocupar, 2toda la parte filistea y todo Guesur; 3desde el Sijor, en tierra de Egipto, hasta el límite de Ecrón, al norte, zona considerada como cananea; allí están los cinco principados filisteos –Gaza, Asdod, Ascalón, Gat, y Ecrón– y los heveos 4del sur. Además queda todo el país cananeo, desde la Cueva de los Fenicios hasta Afec, y hasta la frontera de los amorreos. 5Y por último todo el país de Biblos y el Líbano oriental, desde Baal-Gad, al pie del Hermón, hasta el Paso de Jamat. 6Yo expulsaré ante los israelitas a todos los habitantes de la montaña, desde el Líbano hasta Misrepot Maym, y a todos los fenicios. Tú sólo tienes que repartir el país entre los israelitas mediante un sorteo, según te lo he mandado. 7Sí, ya es hora de que repartas esta tierra entre las nueve tribus y la media tribu de Manasés para que la posean como herencia.
Transjordania
8La otra media tribu de Manasés, los de Rubén y los de Gad habían recibido ya la herencia que Moisés, siervo del Señor, les había asignado en Transjordania: 9desde Aroer a la orilla del Arnón, con la ciudad que está en medio del valle, toda la llanura de Mandaba hasta Dibón, 10y todas las ciudades de Sijón, rey amorreo que reinaba en Jesbón, hasta la frontera de los amonitas. 11Además les había asignado Galaad, el territorio de los guesureos y macateos, todo el Hermón y todo el Basán hasta Salcá, 12y todo el reino de Og de Basán, que reinaba en Astarot y Edrey, y era uno de los últimos refaimitas a los que Moisés derrotó y expulsó. 13En cambio, los israelitas no pudieron expulsar a guesureos y macateos, que han seguido viviendo en medio de Israel hasta hoy.
14Sólo a la tribu de Leví no le asignó Moisés una herencia; el Señor, Dios de Israel, es su herencia, como les había prometido.
15A la tribu de Rubén Moisés le asignó, por clanes, 16una herencia cuyo territorio era: desde Aroer a la orilla del Arnón, con la ciudad que está en medio del valle, toda la llanura de Madabá; 17Jesbón y todos los pueblos de la meseta: Dibón, Mot-Baal, Bet-Baal-Maón, 18Yasá, Cademot, Mepaat, 19Quiriataym, Sibmá y Séret Sajar, en el monte y en el valle, 20Bet-Fegor, las estribaciones del Fasga y Bet-Yesimot: 21todos los pueblos de la llanura y todo el reino de Sijón, rey amorreo que reinaba en Jesbón, al que derrotó Moisés, lo mismo que a los príncipes de Madián: Eví, Requen, Sur, Hur y Reba, vasallos de Sijón que vivían en el país. 22Al adivino Balaán, hijo de Beor, los israelitas lo acuchillaron con los demás. 23Así que el territorio de los rubenitas fue el Jordán y su ribera. Ésa fue, con sus ciudades y poblados, la herencia de los rubenitas, repartida por clanes.
24A la tribu de Gad –a los gaditas– Moisés le asignó, por clanes, 25una herencia cuyo territorio comprendía Jezer, todos los pueblos de Galaad, la mitad del país amonita, hasta Aroer, frente a Rabat, 26y a partir de Jesbón hasta Ramat Hammispe y Betonim, desde Majnaym hasta los términos de Lodabar. 27En el valle: Bet Haram y Bet-Nimrá, Sucot y Safón, lo que quedaba del reino de Sihón, rey de Jesbón. El Jordán servía de límite hasta la orilla del Mar de Galilea en Transjordania. 28 Ésa fue, con ciudades y poblados, la herencia de los gaditas, repartida por clanes.
29A la media tribu de Manasés, Moisés le había asignado, por clanes, 30una herencia cuyo territorio comprendía desde Majanaim, todo Basán, todo el reino de Og, rey de Basán, todas las villas de Yair en Basán: sesenta poblaciones. 31Medio Galaad, Astarot y Edrey, ciudades del reino de Og de Basán, les tocaron a los mauiritas de Manasés, media tribu de Manasés, por clanes. 32Ésa fue la tierra que Moisés repartió en herencia en los llanos de Moab, en Transjordania, al este de Jericó. 33A la tribu de Leví no le asignó herencia. El Señor, Dios de Israel, es su herencia, como les había prometido.
Notas:
Reparto de la tierra: 13,1–21,45. A simple vista, este bloque de capítulos no motiva para nada a su lectura; listas de fronteras, poblaciones y nuevos propietarios no dicen mucho a nuestras preocupaciones pastorales actuales. Sin embargo, una atenta lectura nos podría proporcionar algún elemento para una mejor comprensión del problema actual de la tierra que enfrentan miles y miles de desposeídos en nuestros lugares de origen; pero, sobre todo, para poner los fundamentos bíblicos y teológicos a nuestro urgente compromiso cristiano con esos desposeídos. Una posible clave de lectura para estos capítulos es la preocupación y el deseo de Dios de un reparto equitativo de la tierra como punto de partida para un proyecto de libertad y de construcción de una sociedad solidaria e igualitaria. Así lo entendió el pueblo, y a ese proyecto tenemos que volver permanentemente nuestra mirada. Con demasiada frecuencia diseñamos planes pastorales y de evangelización y promoción humana casi perfectos en su formulación, pero muy pocos de ellos comienzan por donde lo hace el proyecto original de Dios: la ubicación del ser humano en un espacio concreto donde el individuo, la familia y la sociedad puedan realizarse. ¿Qué dicen nuestros planes de evangelización a unos destinatarios que tienen que ver desde lejos inmensos territorios cercados y rotulados con el inhumano título de «propiedad privada»? Más aún, ¿qué dicen esos mismos planes pastorales y de evangelización a los propietarios acaparadores de la tierra? ¿Acaso no parecen ser muchas veces el argumento teológico de dicha injusticia, cuando las etapas de nuestros planes se suceden y todo sigue igual o peor? La corriente deuteronomista (D), preocupada por este fenómeno de privación del derecho a la tierra, formula su posición: en el plan de Dios, la posesión de un territorio es esencial; pero no como propiedad privada, sino como una propiedad colectiva capaz de generar instituciones económicas, políticas, sociales, legislativas, judiciales y religiosas acordes con este modelo de propiedad. La misma corriente deuteronomista (D) va dejando constancia a lo largo de su obra –Deuteronomio– 2 Reyes– de los beneficios que trae este proyecto y de los perjuicios que acarrea abandonarlo o dejar que individuos o grupos de poder impongan otros modelos. Éste fue el caso del partido monárquico, que impuso la monarquía en Israel y con ella el empobrecimiento y la aparición de los desposeídos, antítesis del proyecto fundacional del pueblo de Dios que aún se constata en el moderno Israel y, en general, en todo el mundo capitalista –que paradójicamente coincide casi al detalle con el mundo cristiano–.
