Salmo -43

43–Hazme justicia, Señor, defiende mi causa

1Hazme justicia, oh Dios,
defiende mi causa
contra gente sin piedad,
ponme a salvo
del hombre traidor y malvado.
2Si tú eres mi Dios y mi protector:
    ¿por qué me rechazas?
    ¿por qué he de andar cabizbajo,
    acosado por el enemigo?
3Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me escolten
y me conduzcan a tu monte santo,
hasta llegar a tu morada.
4Me acercaré al altar de Dios,
al Dios, gozo de mi vida,
y te daré gracias al son del arpa,
Dios, Dios mío.
5¿Por qué estás abatida, alma mía,
    por qué estás gimiendo?
    Espera en Dios, que aún le darás gracias:
    Salvador de mi rostro, Dios mío.

Notas:

El dolor de la ausencia tal vez tenga remedio si se pone en manos de Dios y éste responda. Que responda conforme a su «justicia», ya que ningún otro ser es capaz de decirme lo que quiero. El reproche y la queja dan paso a la petición: «Envía tu luz y tu verdad». Escoltado por estas dos personalizaciones divinas aún es posible divisar el monte, llegar a la morada, acercarse al altar, dar gracias a Dios, contemplarlo. El estribillo ahora tiene tonalidades de esperanza. La invitación a beber (43,2) la escuchamos en Jn 4,14, y la llamada a la alegría suena en Flp 4,4. Ello nada quita a la tristeza de la despedida, como se aprecia en Jn 14–16. Este salmo, junto con el anterior, con el que forma una unidad, es muy apropiado para vivir la ausencia sentida de Dios y desear ardientemente su presencia.